José «Pepe» Mujica ya no está entre nosotros, pero sus palabras —cargadas de experiencia, autocrítica y visión latinoamericana— siguen resonando como una brújula ética en tiempos inciertos. En una entrevista exclusiva concedida desde su chacra en Uruguay, el exmandatario había reflexionado con la lucidez que lo caracterizaba sobre el destino de nuestros pueblos, la pandemia del coronavirus y el desafío de construir una verdadera unidad regional.
«Nos agarró muy flojos, no terminamos de construir una nación, ni siquiera lo hemos empezado con fuerza. Hemos construido muchos países, pero no un verdadero nosotros», decía, sin vueltas, en una crítica profunda al proyecto inconcluso de América Latina.
Para Mujica, uno de los grandes problemas históricos fue la desconexión regional: «Nuestras capitales se hicieron mirando al mercado mundial y no entre nosotros. Nos falta construir una idea de nación, de podernos juntar, de tener una visión federal de este conjunto de países que compartimos historia, lengua y tradiciones».
En ese diálogo, también expresó su visión sobre el sistema económico global: «No hay a la vista nada que sustituya al capitalismo. Lo que lo afirma no es solo su fuerza económica, sino la cultura subliminal que ha diseminado: una gigantesca telaraña en la que vivimos. Confundimos el tener con el ser, y vivimos pagando cuotas por cosas que no necesitamos».
Una militancia sin banderas, pero con sentido
Mujica siempre evitó endiosamientos. Nunca se asumió como líder mesiánico, pero sí como un militante con conciencia clara. «La militancia no es un sacrificio, no es cargar la cruz. Es la expresión interior de cómo entendemos la vida. Es la lucha por dejar un mundo mejor. Y no es por los otros, es por nosotros mismos», aseguró con la ternura y la firmeza de quien se sabe en la recta final, pero no claudica.
«La vida es hermosa, a pesar de los dolores de hueso», dijo entonces, entre risas, mientras su compañera de toda la vida seguía «militando en la calle».
Para él, el cambio real debía venir desde adentro: «Mi juventud fue luchando, como tantos otros, pensando que cambiando las relaciones de producción íbamos a tener un mundo mejor. Pero nos encontramos con que, si no cambia la cultura, no cambia nada. El cambio cultural es mucho más difícil que el material».
Mirada crítica y sin concesiones
Mujica no ahorró críticas hacia quienes, según su visión, pusieron la economía por encima de la vida durante la pandemia. Cuestionó duramente a líderes como Jair Bolsonaro y Donald Trump: «No sé qué tienen en la cabeza», dijo. También advirtió que la tragedia sanitaria en Brasil era una consecuencia lógica de políticas irresponsables: «Salud y economía andan de la mano. Y ahora tenemos que aprender a trabajar con el enemigo siempre presente, porque esto no se termina hasta que aparezca una vacuna, y no parece que esté a la vuelta de la esquina».
Incluso elogió la templanza de países como Alemania, pero advirtió sobre los riesgos de relajarse demasiado pronto: «Tienen una capacidad de contagio formidable. Y nosotros, educados de otra forma, necesitamos abrazarnos, hacer pavadas… y eso complica».
«Nos queda mucho por hacer»
En uno de los pasajes más humanos y sinceros de aquella charla, «Pepe» confesó: «Nosotros hemos logrado muy poco. Pero el ser humano es un animal utópico. Necesita creer en cosas superiores. La religión de algunos de nosotros es apostar a contribuir para tener un mundo mucho mejor».
Hoy, esas palabras suenan más vivas que nunca.
Mujica no solo fue presidente de Uruguay. Fue un referente moral para muchos, un faro incómodo en un mundo cada vez más individualista. Su legado no está en sus cargos, sino en su forma de vivir, de pensar y de decir lo que otros callan.
Hoy despedimos a un hombre que eligió la coherencia por sobre la comodidad, la humildad por sobre la ostentación, la lucha por sobre el silencio. Un hombre que nos enseñó, con errores y aciertos, que militar la vida puede ser el acto más revolucionario.

